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lunes, 27 de agosto de 2012

Más concursos, más competencia y más Lisas Simpson

La mezcla de izquierdismo y catolicismo que ha caracterizado a la ideología dominante en España en el siglo XX ha puesto bajo sospecha a los que promueven la idea de la competencia como mecanismo de asignación de recursos y de generación de incentivos en los ciudadanos. La izquierda, que ha dominado la ideología educativa y la discusión pública en España, al menos, desde la transición a la democracia, se ha opuesto a que eduquemos competitivamente a los niños y jóvenes; a que se incite a los niños a ser mejores que sus compañeros. Los valores que hay que transmitir – se dice – son los de la solidaridad, la redistribución y la “compensación” a los que tienen peor suerte o han nacido peor dotados intelectual o económicamente.
Naturalmente, en el mundo real solo se producen versiones distorsionadas de los ideales formulados en la discusión pública. Y la solidaridad se convierte en subvenciones para los ricos o, en todo caso, transferencias de unos grupos sociales a otros que no son los más pobres y la compensación y el igualitarismo se traducen en una exaltación de la mediocridad, una reducción del esfuerzo exigido y una comprensión indebida hacia el que se limita a cumplir con la ley del mínimo esfuerzo. 
Y, lo que es peor, se legitiman estas conductas y se fomenta el pecado mortal de cualquier sociedad: incentivar a sus ciudadanos, no hacia las actividades productivas sino hacia la obtención de rentas. Desde los empresarios (los más ricos son los que han logrado una concesión administrativa o un monopolio protegido por el Estado) hasta los trabajadores (cuya legislación protectora distorsiona las decisiones económicas de todos los participantes) pasando por los empleados públicos (cuyo régimen salarial no incentiva para el trabajo duro), los políticos (que no se sienten suficientemente vigilados como para comportarse decentemente y defender “el interés general”) y las organizaciones sociales que, en su mayor parte, dirigen su actividad, no a la promoción y el desarrollo de la personalidad de los individuos (art. 10 CE), sino a extraer subvenciones o rentas del Estado (lo dejo para otro día, pero, no estaría mal una norma constitucional que dijera: “Los poderes públicos no subvencionarán ninguna actividad de los particulares”)
Solo en el deporte brilla España como país donde existe una competencia feroz y donde los deportistas demuestran cada día su valía – y su mejor hacer que sus colegas – en competiciones. Que yo sepa, existe un amplio número de competiciones deportivas escolares y extraescolares y el número de niños y jóvenes federados en los distintos deportes es muy amplio. Parece incluso que nuestros niños y adolescentes son los más deportistas de Europa. La principal obligación de los padres en el fin de semana es “llevar a sus niños al partido” de fútbol, baloncesto o tenis que juegan los sábados o domingos, a menudo, lejos de casa. A la vista de lo que ganan los deportistas de élite (de algunos deportes), los padres piensan, con razón, que es un tiempo y esfuerzo bien empleado, aunque solo sea por los valores que los deportes en equipo generan. “Mi hijo no será el próximo Casillas pero el tiempo dedicado al fútbol no es un tiempo desaprovechado”.
¿Por qué la sociedad española no mantiene esa concepción de la bondad de las competiciones fuera del deporte? ¿Es que los empollones (o los artistas o los friquis del aeromodelismo) no tienen el mismo derecho que aquellos a los que la naturaleza ha dotado con especiales cualidades para el deporte?
Cuando yo era adolescente, en televisión había un programa que se llamaba Cesta y Puntos donde los buenos jugadores de baloncesto y los empollones triunfaban. Coca-Cola organizaba un concurso nacional de redacción y premiaba con una cámara de fotos a la mejor. En las series y películas norteamericanas (desde los Simpson – Lisa gana todos los años el concurso de Ciencias -  a Glee – la obsesión del grupo es ganar los regionales -  pasando por The Good Wife – los juicios simulados se toman muy en serio) se nos informa de que los niños norteamericanos que “hacen algo bien” tienen múltiples oportunidades de presentar su trabajo y acabar con una beca para el MIT o para la escuela Juilliard de música de Nueva York.
Hay que organizar competiciones en todos los niveles (colegio, municipio, región nación) en todos los ámbitos de la actividad de los niños y jóvenes que sean valiosos individual y socialmente. No hay concursos escolares de redacción, de dictado, de matemáticas, de programación, de retórica o debate, de ciencias, de ingeniería, de teatro, de música, de cine, de ajedrez; de pintura…  Apenas hay iniciativas como las de Santillana para elaborar un periódico en los colegios, algunos colegios que organizan concursos de humanidades y de ciencias pero las iniciativas se quedan en la mayor parte de los casos en el nivel local. Y algunas de las nacionales parecen un desperdicio, como ese de escribir o dibujar al Rey.
Y aquí entran los emprendedores. Las competiciones o concursos son todos iguales. Las tareas que hay que realizar para organizarlas son las mismas: anunciar la competición, inscribir a los participantes, organizar las sucesivas fases, designar a los jurados o los sistemas de evaluación y de pase a las finales para terminar con la entrega de premios. Una buena página web permite organizar con los mismos recursos un concurso de debates y uno de programación informática. Las administraciones públicas pueden ayudar fomentando la participación de los colegios y las asociaciones de padres deberían dedicarse a esas cosas.
La competición es la mejor forma de organización social. Genera y refuerza valores sociales de la mayor importancia. Refuerza el cumplimiento de las normas y el respeto al fair play, desarrolla la “cultura del esfuerzo”; reduce la tasa de descuento de niños y adolescentes y aumenta su capacidad de frustración; reduce el sentimiento de fracaso (si no soy bueno en fútbol, soy un desgraciado); favorece la igualdad de oportunidades y aumenta la visibilidad de los que destacan en actividades poco extendidas socialmente (que se lo digan a nuestras chicas de balonmano).

8 comentarios:

Andreu Alfonso dijo...

Jesús, permíteme que te diga que tu entrada al blog me parece BRILLANTE. Llevo unos años tratando de trasladar los valores del alto rendimiento deportivo (mi especialidad) al mundo empresarial pero tu aportación y visión sobre la necesidad de trasladar la competición deportiva (no necesariamente el alto rendimiento, por supuesto) a todos los ámbitos de la sociedad y de la educación me parece fantástica. Voy a convertirme en un apologeta de tus postulados. Un saludo y muchas gracias por esta reflexión.

Ibis_Abogados dijo...

Nos recorre uno añoranza generalizada a los años cincuenta y sesenta que ya puede empezar a ser motivo de honda preocupación.
cesta y puntos!! anda que te den!!!

JESÚS ALFARO AGUILA-REAL dijo...

Andreu, muchas gracias.
Ibis Abogados. No hay añoranza alguna de la España - cutre - de los años 50 o 60. Pero los concursos de televisión se caracterizan más x demostrar la capacidad para hacer el ridículo de los concursantes que por sus habilidades intelectuales. Y los dirigidos a los niños y adolescentes, no digamos. ¿por qué la 2 no puede dedicar parte de su programación a promover competiciones entre estudiantes de edad escolar?

juan dijo...

A lo mejor hay que visualizar que esforzarse y competir en lo académico vale. Aunque todo el mucho puede intentar emprender (y yo estoy en eso y es duro), sin embargo mucho pensamiento liberal-conservador....tiende a ser menos liberal y más conservador a la hora de defender los privilegios de la casta de apellidos múltiples.
¿por qué no adaptar la legislación societaria para que el gobierno societario sea de los accionistas? ¿por qué tanto blindaje, limitaciones de asistir a juntas, que en las juntas solo "se ratifiquen cosas" pero no se discutan alternativas?
Cuando los mismo que proponeis eso propongais una legislación mercantil donde cada año en una junta una pequeño accionista pueda contar su currículum, sus ideas para la compañía, criticar con tiempo la gestión llevada y postularse para una plaza en en el consejo o ser el CEO entonces me creeré la cantinela de que no hay que educar en valores solidarios.

Anónimo dijo...

Juan, ¿por qué das por hecho que educar en la superación no es un valor solidario?
No concibo nada más solidario que dar lo mejor que tienes!

Elena

Jorge de Lorenzo dijo...

Me ha parecido estimulante tu opinión y la acabo de colgar en nuestra web, con tu permiso.

Un saludo
Jorge de Lorenzo
Co-editor www.lacelosia.com

juan dijo...

Elena, educar en el esfuerzo y en el afán de crear cosas es positivo, educar en que en el mundo tenemos que competir para ser más que los demás o tener más me parece incorrecto. Prefiero el modelo de crea algo que aporte algo a la sociedad e igual te haces rico...pero no educar "para ser rico". Así tendremos todos queriéndose dedicar a "gestionar hedge funds".

Anónimo dijo...

Juan, esto es lo que yo he leído: "(...)Y, lo que es peor, se legitiman estas conductas y se fomenta el pecado mortal de cualquier sociedad: incentivar a sus ciudadanos, no hacia las actividades productivas sino hacia la obtención de rentas.
Por eso me parece que tu conclusión es errónea :)
Un saludo

Elena

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