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sábado, 3 de diciembre de 2016

Naciones, nacionalismo, educación y derechos individuales

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toda chica debe tener un marido, y preferiblemente el suyo, y,
actualmente, toda cultura desarrollada quiere un estado, y preferiblemente
el suyo… el imperativo nacionalista (es) la congruencia entre cultura y gobierno…El nacionalismo engendra las naciones, no a la inversa.. 

el sometimiento de una cultura a una dirección política ejercida por miembros de otra cultura es siempre y por fuerza inicuo.

los hombres asumen sin más que las unidades culturalmente homogéneas compuestas por gobernantes y gobernados culturalmente similares constituyen una norma cuya violación es de por sí escandalosa. Echar abajo este presupuesto generalizado es algo realmente digno de agradecimiento. Constituye una auténtica iluminación.

En la base del orden social moderno no está ya el verdugo, sino el profesor… Actualmente es más importante el monopolio de la legítima educación que el de la legítima violencia

 

El débil nacionalismo español

El nacionalismo español era tan débil política y económicamente (véase la 1ª República) que no fue capaz de crear un sistema educativo que generalizara la cultura nacional española entre la población antes de que las lenguas periféricas pudieran resurgir y pasar a ser lenguas de cultura, condición que habían – casi – perdido entre el siglo XVI y el XIX. Por eso este artículo de Balcells es tan interesante. España era un país mayoritariamente analfabeto en el siglo XVIII y en el siglo XIX. Hasta el siglo XX no existe un sistema escolar generalizado que merezca tal nombre y porcentajes significativos de la población no saben leer y escribir hasta los años sesenta. En Francia, para cuando los individuos empezaron a preguntarse si el Estado podía obligarles a hablar y a estudiar en francés o a considerar su patria a una cultura distinta – y menor – que la de la República Francesa, esas culturas habían, casi, desaparecido. Ya la monarquía absoluta había sentado las bases al prohibir la utilización de lenguas que no fueran el francés en el espacio público.

 

Lo que diferencia a los nacionalistas del siglo XXI de los del siglo XIX es que los Estados del siglo XXI no necesitan homogeneizar a sus poblaciones cultural y educativamente en la misma medida en la que lo necesitaban los Estados del siglo XIX. Estos últimos debían alfabetizar a su población como una conditio sine qua non del desarrollo industrial y del progreso

una sociedad basada en una tecnología sumamente poderosa y en una expectativa de crecimiento sostenido, y que, además, exige tanto una división del trabajo móvil como una comunicación continua, habitual y precisa entre extraños…  implica un significado explícito común y que se transmite en un idioma estándar, y, cuando es necesario, por escrito… El grado de alfabetización y competencia técnica que se exige como moneda corriente conceptual en un medio estándar a los miembros de esta sociedad para tener posibilidades reales de empleo y gozar de una ciudadanía honorable plena y efectiva es tan elevado que no puede ser proporcionado por las unidades de parentesco o locales al uso. Sólo lo puede hacer algo similar a un sistema educativo 'nacional' moderno, una pirámide en cuya base haya escuelas de primera enseñanza con maestros adiestrados en las de segunda enseñanza, que a su vez hayan tenido maestros preparados en la universidad y guiados por los productos de escuelas graduadas avanzadas. Es esta pirámide la que fija el criterio para apreciar el tamaño mínimo de una unidad política viable (porque)… las subunidades de la sociedad no puedan ya autorreproducirse,

Por tanto, para que surgiera el nacionalismo era necesario el paso de la sociedad agraria a la industrial. La cultura, en la sociedad agraria, es plural y local: “siendo así… la era de transición al industrialismo estaba abocada a ser también una era de nacionalismo”. Y como hay competencia por el territorio, ese período estaría, también, “preñado de conflictos”. El XIX español es un buen ejemplo. En este entorno – el del siglo XIX – lo que hizo – malamente – el Estado español

el nacionalismo es esencialmente la imposición general de una cultura desarrollada a una sociedad en que hasta entonces la mayoría, y en algunos casos la totalidad, de la población se había regido por culturas primarias

Un nacionalismo del siglo XXI que quiera hacer lo que hicieron los del siglo XIX, se encuentran con un enorme problema: generalizada la educación, los nacionalismos carecen de la legitimidad que proporcionaba la necesidad de extender la alfabetización a toda la población y proceder a la “exoeducación”, esto es, a proporcionar a todos los habitantes del país lo que la educación en el seno de la familia no podía proporcionar: los conocimientos generales y estandarizados que permitieran a cada individuo ascender en la escala social, cambiar de trabajo etc. En el siglo XXI, la homogeneización de los habitantes de Cataluña a través de la educación diferenciada –sobre todo por la lengua vehicular -  de la que se procura en el resto de España no sirve, pues, a la movilidad social y al libre desarrollo de la personalidad. Sirve a la homogeneidad meramente cultural que “acaba aflorando en forma de nacionalismo”, esto es, en forma de “convergencia de las unidades culturales” con las unidades políticas.

La palanca de la educación pública

Afortunadamente, los nacionalistas no se enfrentan a una población “regida por culturas primarias” (rurales) a la que se pueda imponer una “cultura desarrollada” sino que se enfrentan a una población culturizada en otra cultura desarrollada, mucho más potente y, peor aún para los nacionalistas, muy próxima a la que se desarrolló en el territorio catalán, porque Cataluña contribuyó sobremanera a configurar la común a toda España. En consecuencia, la palanca del nacionalismo decimonónico que fue la escuela no tiene la misma potencia en el siglo XXI. El papel de la escuela en la configuración de los Estados – de la homogeneización política – es muy inferior al que tuvo en el siglo XIX. Los maestros – los soldados de la cultura nacional eran, en el siglo XIX, los únicos alfabetizados, junto al cura y algún funcionario municipal en la mayoría de los pueblos. Hoy, los maestros apenas se diferencian de los padres en cuanto a su formación y capacidad de transmitir conocimientos. Hoy, el nivel cultural y de conocimientos de los padres supera, a menudo, el de los maestros, de forma que la influencia del Estado en la creación de una conciencia nacional a través del sistema educativo es muy inferior a la que pudo tener en el siglo XIX cuando los libros eran la única fuente de acceso al conocimiento estandarizado y los únicos libros disponibles para la población en general eran los libros escolares.

Y, por supuesto, tampoco tienen palanca alguna en la religión (la religión sirvió a Isabel I para crear el nacionalismo castellano). Las religiones ya no pueden nacionalizarse sino en países – como la inmensa mayoría de los musulmanes – subdesarrollados y en los que la religión sigue estando en el centro de la vida individual de la mayoría de la población. La educación individual no está, obviamente, en la familia y en la tribu. Pero tampoco está ya en la religión ni en el Estado, al menos, de forma principal.

Si Gellner tiene razón, deberíamos concluir que el nacionalismo que ha revivido en el siglo XXI no tendrá, ni de lejos y en lo que a los países desarrollados se refiere, el éxito que tuvo en el siglo XIX. Pero más interés para el caso español tiene preguntarse acerca de qué es lo que debería hacer el nacionalismo español para combatir el independentismo catalán.

Los argumentos contra el independentismo catalán

El argumento más usado contra el nacionalismo catalán consiste en acusarle de trasnochado. Carece de sentido – se dice - pretender un Estado nacional en una época en la que, a trancas y barrancas, Europa tiende a la unificación y, en general, observamos un debilitamiento de las fronteras estatales, fronteras que se vuelven cada vez más porosas a la circulación de las ideas, los bienes y las personas. Se acusa a los nacionalistas de trasnochados porque pretenden aislar de esas tendencias a la población que vive en el territorio en el que, según ellos, debería corresponderse la nación con un Estado. Pero la lectura del libro de Gellner lleva a pensar que, tal vez, sea la estrategia equivocada. Porque los nacionalistas han respondido a esa objeción subrayando, precisamente, que ellos son más europeistas e internacionalistas que nadie. Sólo quieren ser ellos – sus clérigos – los que protagonicen las relaciones interestatales en Europa y no hacerlo a través de España. En realidad, pues, sustituir a unas élites (las españolas, de las que forman parte muchos catalanes) por otras (de las que forman parte exclusivamente los nacionalistas). Así pues, los independentistas resultan “desagradables” sólo porque ya participan en las élites nacionales y no se ve la conveniencia de multiplicar el volumen de esas élites.

Quizá haya que buscar mejores argumentos. El de que el nacionalismo condenaría a su población, de tener éxito,  al “exilio” de Europa es más una amenaza que una consecuencia necesaria de la creación de un Estado catalán. Es obvio que España tiene el Derecho de su lado, pero no hay nada en la naturaleza de las cosas que impida que una Cataluña independiente pudiera ser un Estado de la Unión.

Tampoco creo que sea una buena estrategia la del apaciguamiento. Simplemente porque la “bestia” nacionalista no quiere ser apaciguada. No hay un equilibrio que los independentistas consideraran estable, que les disuadiera de sus objetivos finales de hacer coincidir los límites culturales con los territoriales y políticos. Las decisiones al respecto deben tomarse cuando sean generalizables, esto es, extensibles a todas las regiones y respondan a criterios de racionalidad en la distribución de competencias, gastos e ingresos.

Los derechos de los individuos

Si, a pesar de su menor capacidad para moldear poblaciones enteras, la educación prestada por el gobierno es la mayor baza de los nacionalistas en su aspiración de convertir en un Estado a la comunidad cultural dominante en un territorio , la mejor forma de luchar contra el nacionalismo pasa por defender – con todos los medios del Estado – los derechos individuales. Esto fue lo que se hizo con el nacionalismo vasco y, estoy convencido, explica el éxito de España en la lucha contra el terrorismo: anteponer y defender a cara de perro a las víctimas del terrorismo; a los individuos a los que por decenas si no centenares de miles se privó de derechos y, a más de ochocientos, de la vida. Los nacionalistas vascos más decentes acabaron convencidos de su derrota, en el sentido de que aceptaron que no podía anteponerse su objetivo de alcanzar la correlación entre comunidad cultural y Estado a costa de la vida y los derechos de los individuos y de las familias.

Esta debe ser la estrategia en relación con el nacionalismo catalán. El nacionalismo español (integrador de la cultura catalana, vasca o gallega) habrá perdido el control de la escuela, pero ningún país con un régimen constitucional puede tolerar a ningún poder público que infrinja derechos individuales. De lo que hay que preocuparse es de los derechos individuales que pueden ser infringidos por los nacionalistas en su persecución de la homogeneidad cultural que se traduzca, algún día, en un Estado.

Por eso es tan importante que nos aclaremos sobre qué derechos tienen los individuos en relación con la enseñanza y la educación concebidos como servicios públicos y con la utilización de la lengua en general. Que sometamos al Derecho las decisiones de los poderes públicos que controlan la educación y la Administración. Que hagamos respetar el derecho individual a que la enseñanza se transmita en la lengua materna de los individuos; el derecho a utilizar la lengua de elección en las relaciones con el aparato del Estado; el derecho a no ser discriminado por razón de la lengua y el derecho a que no se utilicen los medios públicos para promover el independentismo o para disuadir a los no-nacionalistas del ejercicio de sus derechos, fundamentalmente, del derecho de recibir la educación en español para los que consideran que es mejor, siempre, recibir la educación en tu lengua materna ¿Cómo es posible considerar una decisión libre de los padres educar a sus hijos en catalán cuando la lengua materna de la mitad de ellos es el castellano? ¿Cómo no pensar que se trata de una decisión violentada por la misma presión social y administrativa que llevaba a los vascos a no hablar de política y a no significarse en la defensa de las víctimas?

En definitiva, se trata de que haya jueces que garanticen que, con independencia de las componendas políticas entre las élites estatales y las élites nacionalistas, las normas constitucionales que reconocen y protegen los derechos individuales encuentran aplicación y limitan la injerencia de los poderes públicos en la vida de los ciudadanos. Sólo en un ambiente de exquisito respeto a los derechos individuales de aquellos menos proclives a hacer congruente la cultura hegemónica en un territorio y el Estado pueden los independentistas pretender entablar cualquier negociación.

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