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domingo, 9 de abril de 2017

Los humanos son aversos a la desigualdad, no sólo a la injusticia

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Ocre @lecheconhiel
“No hay evidencia empírica, hasta ahora de que la gente tenga aversión a la desigualdad por sí misma… en nuestra opinión, la percepción según la cual hay una preferencia por la igualdad proviene de poner el foco excesivamente en entornos especiales, a menudo estudiados en el laboratorio, en donde la preocupación de los individuos por la justicia (fairness) y la igualdad coinciden. En la mayor parte de las situaciones, sin embargo, incluyendo las distribuciones de riequeza en el mundo real, la preocupación de los individuos por la justicia del reparto les lleva a preferir distribuciones desiguales”.
Es decir, los humanos tendríamos, no aversión a la desigualdad, sino aversión a la injusticia. Los autores repasan los numerosísimos estudios que indican lo contrario a lo que sostienen: que los humanos estamos dotados por la evolución con una aversión a la desigualdad que se manifiesta incluso cuando todos estaríamos mejor repartiendo desigualmente los productos del trabajo en común o maná caído del cielo hasta el punto de que castigamos – a un coste para nosotros – a los que distribuyen desigualmente (como en los juegos del dictador o del ultimatum). En el blog hemos reseñado algunos de estos estudios (v., entradas relacionadas). Pero, añaden, hay también un buen montón de estudios que indican que cuando a la gente se le pregunta (pidiéndoles que se coloquen tras el velo de la ignorancia respecto de si les tocará estar entre los más pobres o entre los más ricos) por la distribución ideal de la riqueza en la Sociedad, prefieren una distribución relativamente desigual. De ahí deducen que “cuando se trata de distribuir la riqueza en el mundo real” la gente tiene una cierta preferencia por la desigualdad. Y se preguntan “¿Cómo pueden cohonestarse esta preferencia por la desigualdad en el mundo real con una preferencia robusta por la igualdad en los estudios de laboratorio?”

Resulta sorprendente que se califique del “mundo real” a una encuesta y de producto de laboratorio y de circunstancias muy especiales los análisis basados en decisiones reales de los individuos, esto es, que los autores estén dispuesto a creerse lo que la gente dice antes de lo que la gente hace. Pero, si se tiene en cuenta que una encuesta mide lo que la gente cree y un estudio de laboratorio mide lo que la gente hace, no hay nada que cohonestar porque cabe esperar que los resultados sean diferentes. Los autores, sin embargo, consideran que
Sugerimos que esta discrepancia se debe a que los hallazgos de laboratorio… –que explican sus resultados sobre la base de preferencias por la igualdad o la aversión a la desigualdad…  no proporcionan pruebas de que la aversión a la desigualdad sea lo que explique la preferencia por la igualdad de distribución. Por el contrario, los resultados de estos estudios de laboratorio son compatibles tanto con una preferencia por la igualdad como con una preferencia por la justicia o equidad, porque los estudios están diseñados de tal manera que el resultado igualitario es también el justo. Esto se debe a que los destinatarios son indistinguibles con respecto a consideraciones como la necesidad y el mérito (a cada uno según su necesidad o a cada uno según su merecimiento). De forma que, tanto si los sujetos son sensibles a criterios de justicia en el reparto a criterios igualitarios, estarán, en ambos casos, inclinados a distribuir los bienes igualitariamente”
Prueba de lo correcto del análisis sería, según los autores, que cuando los experimentos en laboratorio se diseñan de forma que se pueda distinguir si los participantes actúan movidos por su preferencia por la igualdad o por su preferencia por la justicia de la distribución, incluso niños pequeños seleccionan criterios de distribución o reparto basados en el mérito o la contribución a los resultados, en la disposición a cooperar o en la necesidad de cada uno o en la suerte y se apartan del reparto igualitario del producto.

A nuestro juicio, la pregunta que plantean los autores no puede responderse en esos términos. Nuestra aversión a la desigualdad es una regla heurística que se ha incorporado a nuestro cerebro porque tener aversión a la desigualdad favorece la supervivencia individual de los que participan en un grupo. Obsérvese que no decimos que favorece al grupo o a determinados individuos dentro de un grupo. No. El reparto igualitario de la comida favorece la supervivencia individual de cada uno de los miembros del grupo. La razón se encuentra en que si todos los miembros del grupo tienen necesidades energéticas semejantes, en una economía de subsistencia y en un entorno en el que no hay nada seguro, que se desarrolle una aversión por la desigualdad favorece la supervivencia individual porque desigual (por muy justo que sea) reparto de lo producido en común, en una economía de subsistencia, significa que alguien se muere de inanición. Si los humanos vivieron cientos de miles de años en economías de subsistencia, es probable que hayan desarrollado una heurística que les lleva a ser aversos al reparto desigual. Porque "a cada uno según su necesidad" y a todos por igual significa lo mismo en una economía de subsistencia.

Es más, hay que suponer que los grupos que no lograron controlar a los gorrones (los que se aprovechan de la regla del reparto igualitario pero no contribuyen a la producción en común) se extinguieron, de manera que los que sobrevivieron eran los grupos que lograban minimizar la presencia de gorrones. Eliminados los gorrones, la regla del reparto igualitario es la más eficiente también desde el punto de vista de la generación de incentivos a los miembros para cooperar lealmente y contribuir a la producción en común. Sobre todo cuando no hay grandes ventajas en elegir a uno u otros para cooperar porque ni hay especialización, ni hay división del trabajo. Todos los miembros del grupo – todos los varones y todas las mujeres – son intercambiables. Elegir al mejor “partner” y negar la cooperación al peor “partner” tiene poco valor en estos entornos.

Por tanto, la aversión a la desigualdad es la regla “ecológicamente” determinada o, en términos de coevolución genes/cultura, la regla internalizada por los humanos tras decenas o centenares de miles de años de vivir en grupos al borde de la inanición. Una regla que sólo será sustituida por la más “racional” regla de “a cada uno según su mérito o según sus necesidades” cuando el entorno cambia.

Esa aversión a la desigualdad deja de ser favorecida por la evolución en dos entornos. Por un lado, cuando se trata de distribuir bienes que no son los que garantizan la supervivencia. El reparto de alimentos, en todos los pueblos cazadores-recolectores es igualitario. Y el que ha cazado la pieza no tiene derecho a un trozo mayor. Pero el reparto del acceso a las mujeres u otras ventajas no es igualitario. No somos aversos a la desigualdad cuando se trata de repartir honor.

Por otro lado, cuando la economía sale de la trampa malthusiana y se experimenta crecimiento económico sostenido y se crean los mercados que permiten la especialización y la división del trabajo y, en general, cuando los humanos pueden tomar decisiones conscientes y utilizando el sistema 2 de Kahnemann y (obsérvese cuántos “y”) la desigualdad no significa la inanición del que recibe menos, en tal caso, los criterios “más eficientes” de distribución toman el mando. Se distribuye de acuerdo con criterios como los de haber contribuido a la producción de los bienes que se reparten; de acuerdo con la necesidad de cada uno o incluso, de acuerdo con la suerte.

En las Sociedades modernas, las grandes diferencias en la aversión o preferencia por la desigualdad entre ellas responden, a menudo, a la mayor o menor exposición a los mercados. Los mercados, como sistema de asignación de los recursos son sistemas meritocráticos e individualistas. No es de extrañar que los norteamericanos soporten mayores niveles de desigualdad económica que cualquier otro país desarrollado. Y tampoco es de extrañar que los niños más pequeños no sean meritocráticos y que la meritocracia se desarrolle en niños de cierta edad y en la adolescencia.

Christina Starmans Mark Sheskin & Paul Bloom Why people prefer unequal societies Nature Human Behaviour 1 (2017)

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