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miércoles, 4 de octubre de 2017

“Houston, tenemos un problema… político”

SS.Apollo13

Los problemas políticos no hay que resolverlos necesariamente. Hay que convivir con ellos aumentando la tolerancia a la frustración de los individuos

Las mentes más preclaras – y muchas de las más obtusas – de la izquierda española han introducido en la cuestión catalana la idea del “problema político” cuya existencia el Gobierno – en su opinión – se niega a reconocer. Lean a Senserrich
Tenemos, por un lado, un gobierno autonómico que representa el porcentaje considerable de la población de Cataluña que quiere la secesión. Estos gobernantes están actuando como si sus votantes creyeran de forma unánime en la independencia, a pesar que la sociedad catalana está profundamente dividida en este tema. Al otro lado, tenemos un gobierno central que parece creer que el hecho que un porcentaje considerable de la población de una comunidad autónoma quiera la secesión no representa un problema, a pesar de que muchas de sus quejas sobre el sistema autonómico están más que justificadas. El gobierno central ha decidido tomar una posición completamente inflexible ante cualquier demanda, por mucho que la sociedad española está también profundamente dividida.

Trasladémonos a 7500 kilómetros al oeste: en Estados Unidos, una parte importante de la población quiere (i) que haya control de armas; (ii) que haya una seguridad social universal (iii) que se reforme el sistema electoral para que no sea elegido presidente el que saca menos votos populares. Esa parte de la población representa una porción importante de los norteamericanos. Pero pierden sistemáticamente. Tenemos un problema político en Estados Unidos con el control de armas, la seguridad social y el sistema electoral.

Volvamos a España. Gran parte de los españoles está en contra del Concierto vasco que consideran un mecanismo que garantiza a los vecinos de las provincias vascongadas un privilegio en el gasto público por habitante. El concierto vasco es un “problema político” de primera magnitud, en mi modesta opinión.

Pues bien, a los estadounidenses que han perdido en la discusión sobre el “problema político” no se les ha ocurrido promover la secesión de los Estados en los que son mayoría y dejar a los “cazurros” que votan a Trump y que están felices con el arreglo constitucional vigente a su suerte. A los españoles, como yo, no se nos ha ocurrido resolver el “problema político” que es el Concierto vasco diciéndole al Gobierno que actúe como si el concierto vasco no existiera y no estuviera recogido en la Constitución. Sospechamos que se otorgó el Concierto en las discusiones constitucionales a cambio de que los representantes políticos vascos en las Cortes apoyaran la inclusión del art. 1.2 y el art. 2 con esa “furiosa” declaración sobre la indisoluble unidad de la patria y la soberanía del pueblo español.

Decir que tenemos “un problema político” y que hay que afrontarlo no significa, en absoluto, que haya que resolverlo dando la razón ni siquiera parcialmente a los que dicen que tenemos un problema político. Porque los problemas políticos no son como los problemas técnicos. Cuando el astronauta del Apolo 13 dijo la famosa frase se estaba refiriendo a un problema técnico porque los problemas técnicos, o se resuelven o provocan, en el caso, la explosión del cohete.

Los problemas políticos no se resuelven definitivamente nunca. En el seno de una Sociedad política se llega a acuerdos que son, necesariamente, provisionales. Y, en ocasiones, en esos arreglos provisionales, una parte del grupo se sale con la suya y en otras ocasiones, es otra parte del grupo el que se sale con la suya. Y como los españoles que no viven en el País Vasco, cuando se recogió el Concierto vasco en la Constitución, salieron perdiendo con el arreglo, el grupo perdedor ha de aguantar la frustración que sigue a esa derrota y seguir adelante hasta la próxima ocasión.

Los catalanes no nacionalistas también han sido derrotados muchas veces en estos cuarenta años. Han visto, con frustración, que no podían elegir la lengua en la que serían escolarizados sus hijos; que las consignas nacionalistas han inundado la vida y la convivencia en Cataluña. Y han cogido su frustración y se la han comido con patatas. Porque eso es lo que significa ser adulto: capacidad para  tolerar la frustración. Los niños y los adolescentes tienen una baja tolerancia a la frustración. Si no consiguen lo que quieren se enfadan y, a menudo, reaccionan agresivamente. A ningún educador se le ocurriría tratar a esos niños con baja tolerancia a la frustración diciendo a los padres y a los que se relacionan con ellos que tienen “un problema educativo” y que deben acceder a las pretensiones del niño aunque, naturalmente, no al completo. La maestra respondería a ese “pedabobo” que ella tiene treinta alumnos en la clase y que ha de tratarlos a todos de forma semejante si quiere mantener la convivencia en el aula en niveles aceptables.

Que sean cientos de miles o millones de catalanes los que quieren la independencia y que sean otros millones más los que quieren más competencias, el blindaje de las que ya tienen y un AVE de Barcelona a Almería no significa que los que formamos el resto de la Sociedad debamos tratarlos como sujetos con baja tolerancia a la frustración. Es una ley de vida que uno no consigue lo que uno quiere y que muchos, tampoco. Y la mejor (peor) prueba es la Historia. Los que tienen baja tolerancia a la frustración acaban empuñando las armas para conseguir por la fuerza lo que quieren.

Claro que tenemos un problema político en Cataluña. Pero los problemas políticos no hay que resolverlos necesariamente como hay que resolver los problemas técnicos si queremos que la máquina funcione adecuadamente. Hay una alternativa bastante eficaz, que es ignorarlos que, en el símil con los niños con baja tolerancia a la frustración, equivale a mandarlos al “rincón de pensar”. Esa es la actitud correcta por parte de la maestra cuando la petición formulada es desproporcionada, injustificada o inmoral. Como refleja el Derecho Internacional, no hay razones que exijan una respuesta al deseo de independencia de buena parte de los catalanes. Ni están oprimidos ni carecen de autogobierno. Que tengan quejas no tiene nada de particular. Por tanto, sus peticiones deben articularlas por los procedimientos que están recogidos en los “arreglos provisionales” a los que me he referido más arriba. Aunque crean que tienen “derecho”, el Código Penal, sabiamente, recoge el delito del “ejercicio arbitrario del propio derecho” y la pena prevista es baja porque el tipo penal presupone que, efectivamente, el individuo está ejerciendo “su derecho” ¿qué pena habría que imponerle al que ejercita arbitrariamente una pretensión a la que no tiene derecho? ¿abrir una negociación con él?

Dejemos de decir obviedades utilizando términos que ocultan los términos del debate. Porque afirmar que “tenemos un problema político” que ha de resolverse como se resuelven los problemas técnicos conduce inexorablemente a atender en mayor medida a los que tienen baja tolerancia a la frustración, o sea, a los miembros con menos disposición a cooperar de nuestra Sociedad.

Versión inglesa aquí; versión francesa, aquí

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