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sábado, 28 de octubre de 2017

Lección de Robert C. Allen sobre el futuro del trabajo

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foto: Nautil-us

Cuando alabaron a Luis Ángel Rojo, el que fuera gobernador del Banco de España, por su clarividencia respecto a la amenaza del estallido de la burbuja inmobiliaria, contestó diciendo que es fácil predecir el futuro si no te exigen que des fechas, esto es, si tu predicción no se enmarca temporalmente. En el libro Superforecasting, los autores proponen predicciones a los participantes con un marco temporal estrecho: los próximos 12 o 18 meses.

En relación con el futuro del trabajo, dice Allen, hay que hacer lo propio. ¿Harán las máquinas que el trabajo humano devenga obsoleto? La respuesta afirmativa o negativa carece de interés. Lo interesante, y lo que la Historia nos indica, es que la respuesta ha de enmarcarse temporal y espacialmente. ¿En los próximos veinte años y para alguien de Zaragoza o del valle del Indo?

Allen propone dividir el pasado “industrial” en tres fases: la Revolución Industrial (1750-1830); el enriquecimiento de Occidente (1830-1970) y el presente (1970-). La Revolución Industrial – repite Allen su conocida tesis al respecto – fue la reacción inglesa a la era de los descubrimientos (de América y la vuelta al mundo realizada por españoles y portugueses). Inglaterra respondió exportando manufacturas a sus colonias y transformando su estructura productiva (con un tercio de sus trabajadores dedicados a la industria) porque sus más altos salarios hacían rentable la inversión en capital fijo.

 

Allen hace una referencia en passant a la diferente importancia de los avances científicos (defendida por Mokyr) en relación con distintas tecnologías: la máquina de vapor sí fue un gran invento científico pero el telar, no.

Como consecuencia de este boom exportador, los salarios reales en Inglaterra aumentaron porque los productores de tejidos ingleses reaccionaron a la competencia india aumentando el grado de mecanización ya que no podían competir con los bajos salarios indios. Como siempre, hubo perdedores también en Inglaterra: las mujeres que cosían a mano en sus casas, pero sobre todo en el – hoy diríamos – Tercer Mundo cuyos trabajadores manuales no podían competir con la superior eficiencia inglesa: “los huesos de los que hilan el algodón cubren de blanco las llanuras de la India” dijo el Gobernador inglés Bentinck y recuerda Allen. El resultado es que, en 1820, hubo ganadores y perdedores y los perdedores cambiaron de profesión presionando a la baja los salarios en los sectores ascendentes. Eso explica que los salarios no subieran entre 1770 y 1830 y solo lo hicieran a partir de mediados del siglo XIX gracias a que la productividad y los salarios evolucionaron a la vez: los incrementos de productividad, hasta 1970 se tradujeron en mejores salarios y se redujo la desigualdad.

Se entró en un “círculo virtuoso”: el aumento de los ingresos de la población incrementó la demanda de bienes más complejos de producir que, a su vez, incrementó los salarios de los que trabajaban para producir esos bienes, la formación de los que los producían y el boom de los servicios que se prestaban a la población. El aumento de nivel de formación de la población favoreció la innovación etc. O sea, expansión de los mercados, aumento de la capacidad adquisitiva que, al hacer más “rentable” la innovación, indujo aumentos de productividad que permitió salarios más elevados. Pero también en esta ocasión hubo ganadores y perdedores: los ganadores fueron las poblaciones de Occidente. El resto del mundo no participó porque su inferior capacidad manufacturera lo convirtió en un proveedor de materias primas.

¿Y a partir de 1970? Allen es pesimista: los salarios crecieron, en los 80 y 90 del siglo XX por debajo de la productividad, la desigualdad en Occidente no ha hecho más que aumentar y a un paso acelerado. Pero, esta vez, la globalización ha beneficiado a los que no lo hizo en el siglo XIX y buena parte del XX. Por eso la desigualdad entre países ha disminuido. De manera que, si nos preguntamos por el futuro del trabajo para un chino que hoy tenga 25 años, “el futuro laboral es brillante” pero la globalización no garantiza esas brillantes expectativas para otras regiones del mundo donde la producción asiática ha tenido enormes efectos disruptivos, no solo Occidente (el crecimiento de África – como ha recordado Rodrik – no se basa en la industria sino en la mayor eficiencia de la agricultura y la creación de un sector servicios).

Allen concluye que si los avances en tecnología vienen determinados por los incentivos económicos y no por la frontera que marca el avance de la Ciencia, será más probable que los beneficios se distribuyan entre más personas. Si, para beneficiarse salarialmente de los avances tecnológicos, el nivel de formación requerido de los trabajadores que aplican las tecnologías es elevado y continúa siéndolo en las próximas décadas, entonces debemos abandonar “la esperanza de que un futuro basado en el conocimiento mejore las condiciones de vida de todos”

Robert C. Allen, Lessons from history for the future of work, Nature 550, 321–324 (19 October 2017)

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